El conceptismo
El conceptismo incide, sobre todo, en el plano del pensamiento.
Su teórico y definidor fue Gracián, quien en agudeza y arte de ingenio definió
el concepto como "aquel acto del entendimiento, que exprime las
correspondencias que se hallan entre los objetos". Para conseguir este
fin, los autores conceptistas se valieron de recursos retóricos, tales como la
paradoja, la antítesis, la paronomasia, la metáfora o la elipsis. También
emplearon con frecuencia la dilogía, recurso que consiste en emplear un
significante con dos posibles significados, y la polisemia.
Su representante principal fue Francisco Quevedo.
El conceptismo encaminó sus pasos hacia la modificación del
contenido poético, o sea, la alteración del mensaje literario por diversos
métodos. Partiendo del ingenio, se realizaba una progresión mental que se
manifestaba en la agudeza y concluía en la expresión del concepto. Los
conceptistas concebían que el juego de los conceptos constituía la creación
poética y literaria en general.
La orientación conceptista conseguía sus objetivos mediante
recursos como la deformación de la realidad de forma humorística, ejemplo de la
caricatura o el absurdo; el uso de equívocos léxicos y dobles sentidos, ideas o
frases, hipérboles, antítesis de palabras, símbolos y alegorías...; o también
la utilización de figuras de construcción, como los zeugmas.
Poesía tradicional
:
Los poetas cultos del siglo XVII recurrieron de forma
constante a la poesía popular, anónima, de la tradición castellana.
Así, los villancicos, letrillas y seguidillas, que constituían
las formas de la lírica primitiva castellana, son retomados por los poetas del
siglo XVII e incorporados a sus obras individuales. El teatro barroco asumió
frecuentemente estos temas, personajes y formas poéticas, pero fuera del teatro
también la obra de Góngora o Quevedo estaba compuesta por romances y letrillas,
muchas veces de tipo satírico.
El carácter culto y minoritario de la poesía barroca es un
hecho que parecía enfrentarse a la consideración dada al romance y su gran
difusión. En todo el siglo XVII la orientación popular será importantísima. Los
romances nuevos de los siglos XVI y XVII fueron primero difundidos con música,
para más tarde editarse en pliegos sueltos y finalmente ser reunidos en obras
conjuntas, como los 1600 del Romancero General. Otras obras del mismo tipo les
seguirían, así como numerosas reediciones.
Poesía épica y
poesía de circunstancias:
En el siglo XVII se continúan los intentos de crear una
épica española que se iniciara en el Renacimiento. La épica era el género que quizás
consiguió mayor prestigio; escritores como Lope de Vega o Bernardo de Balbuena
(1568-1627), éste último autor del poema Bernardo o la victoria de
Roncesvalles, publicado en 1624, escribieron extensos poemas épicos a imitación
de los grandes poemas italianos y latinos, de temas muy variados (burlescos,
caballerescos, religiosos, contemporáneos...). No obstante, sería en la poesía
lírica donde se conseguirían las mejores realizaciones poéticas del Siglo de
Oro.
También la poesía llamada "de circunstancias", que
constituía un género de menor inspiración, desarrolló una amplia actividad
poética en este periodo. Numerosos poemas de este género fueron escritos para
fiestas cortesanas y palaciegas, certámenes y justas poéticas, y otras variadas
celebraciones, como nacimientos, laudatorias y de halago a nobles y reyes,
aniversarios, etc. A pesar de que esta poesía no tenía por lo general un mínimo
nivel como para considerarla dentro de la poética culta, en algunas escasas
ocasiones podía alcanzar una calidad muy aceptable.
Clasicismo andaluz
y aragonés:
La continuación de las formas clásicas renacentistas se
sitúa en las "escuelas" aragonesa y andaluza, especialmente de
Sevilla, siiguiendo el modelo marcado por Fray Luís de León.
Estas formas se caracterizan por una mayor sencillez formal
y la estoicidad en el tratamiento de los temas, que no experimentan con los
conceptos y las formas tal como era el caso de la poesía gongorina y
conceptista que se estaba produciendo.
Los hermanos Lupercio y Bartolomé Leonardo de Argensola,
junto con Manuel de Villegas (1589-1669) son los principales representantes de
la escuela aragonesa.
La polémica anticulterana también alcanzó a la escuela
sevillana, que contaba con poetas de gran calidad, y que no se mantuvieron al
margen de ella tanto abiertamente en contra como tímidamente a favor, pues a
pesar de las fuertes críticas a Góngora también acabaron influenciados por su
estilo. Es el caso de Juan de Jáuregui (1584-1641), autor de Antídoto contra la
pestilente poesía de las Soledades, donde se observa el influjo gongorino.
Poetas sevillanos fueron Francisco de Medrano (1570-1607);
Francisco de Rioja (1583-1659), protegido del conde duque de Olivares, erudito
de gran elegancia verbal y agudo sentimiento de la naturaleza, que demostró en
obras como A la rosa, Al clavel, A la arrebolera; Rodrigo Caro (1573-1647),
autor de la Canción
a las ruinas de Itálica, obra de gran perfección formal sobre el tema de lo
efímero de la gloria humana; y Andrés Fernández de Andrada, de quién se
desconocen sus datos biográficos, pero que se le atribuye la autoría de la Epístola moral a Fabio,
considerado uno de los mejores poemas en la línea clásico-estoica; entre otros
poetas.
El grupo sevillano, de los varios que existieron en
diferentes ciudades andaluzas, es considerado el más importante. No obstante,
se destacan algunas obras notables en poetas de otras poblaciones, como la de
Pedro de Espinosa (1578-1650) en Antequera; Luís Carrillo de Sotomayor (1582-1610)
en Córdoba; o la de los granadinos Soto de Rojas (1584-1658) y Francisco de
Trillo y Figueroa (1618-1680).
El culteranismo
El culteranismo, cuyo principal exponente fue Góngora, se
preocupa, sobre todo, por la expresión y la búsqueda de la brillantez formal.
Sus caracteres más sobresalientes son la latinización del lenguaje y el empleo
intensivo de metáforas e imágenes.
La latinización del lenguaje se logra fundamentalmente mediante
la utilización intensiva del hipérbaton y el gusto por las oraciones largas y
por incluir cultismos y neologismos, como por ejemplo, fulgor, candor, armonía,
palestra.
La metáfora es la base de la poesía culterana. El
encadenamiento de metáforas o series de imágenes tiene el objetivo de huir de
la realidad cotidiana para instalarnos en el universo artificial e idealizado
de la poesía.
Destaca además el empleo de un estilo oscuro y difícil
presidido por una acumulación e intensificación de recursos. Son frecuentes
además las alusiones mitológicas.
El culteranismo, que en un principio lo utilizó Góngora para
burlarse de Quevedo y sus seguidores, pretendía hacer creaciones poéticas
minoritarias y selectivas, utilizando recursos lingüísticos variados:
Vocabulario: se manifestó una renovación del léxico
poético mediante la introducción de numerosos latinismos, los cuales resultaban
extraños en esa época incluso para muchos lectores cultos.
Sintaxis: se produjo una auténtica revolución, pues
se pretendía una aproximación de la sintaxis castellana al orden de la frase
latina. Se recurría por ejemplo a hipérbatos, transposiciones, y construcciones
clásicas como los ablativos absolutos o los acusativos griegos.
Figuras y recursos estilísticos:
Los procedimientos lingüísticos
no fueron los únicos utilizados por el culteranismo en su intento de crear un
nuevo lenguaje poético, sino que recurre también a otras figuras y recursos
estilísticos. Así, la metáfora, tan utilizada durante el Renacimiento, es
renovada extrayéndole posibilidades inexploradas; por ejemplo, estableciendo
relaciones ocultas entre los objetos comparados (la comparación de los objetos
es la base de la metáfora), pero en este caso no existe una identificación
inmediata entre ellos.
Motivos:
El culteranismo recurre también con insistencia a motivos
que ya eran utilizados con profusión durante el Renacimiento, como son los de
tipo mitológico. En este periodo tales referencias clásicas se amplían,
constituyendo su alusión un recurso constante.
Todos estos recursos son utilizados por el culteranismo para
alejar el lenguaje poético del de uso corriente, lo que implicaba darle
conscientemente a esta poesía un carácter minoritario y selecto. Góngora y
otros poetas culteranos enriquecieron la expresividad poética con estos
recursos literarios, aunque otros poetas con menos habilidad los utilizaron
para cubrir la falta de inspiración poética o la variedad temática,
convirtiéndose en una moda poco agraciada.
Góngora fue el máximo exponente de la poesía culterana, y de
hecho a esa orientación poética también se le denomina habitualmente
"gongorismo". La influencia de este genio fue inmensa, ya desde los
primeros poemas que compuso. Incluso sus oponentes y detractores más férreos,
como Quevedo y Lope de Vega, no se libraron de utilizar algunas de las técnicas
Gongorinas.
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